21 de marzo de 2010

Parecon - Parte 1 (40 de 48)

Es más, incluso si pudiéramos organizar una economía de mercado dentro de la cual cada participante fuera tan poderoso como cualquier otro y nadie nunca se enfrentara a un oponente menos poderoso en un intercambio mercantil --otra ridícula ficción-- esto seguiría sin cambiar el hecho de que cada uno de nosotros tiene pequeños intereses en juego en muchas transacciones en las cuales no somos ni el comprador ni el vendedor. Sin embargo la suma total de intereses de todos los bandos externos puede ser sustancial comparada con los intereses de los dos que presumiblemente son los más afectados --el comprador y el vendedor. La dificultad para representar los intereses colectivos de aquellos con menos intereses individuales es la que crea una inevitable desigualdad en poder, la cual, a su vez, da pie a la oportunidad de la búsqueda de lucros individualmente provechosos pero socialmente contraproducentes por parte de los compradores y los vendedores.

Pero por supuesto el mundo real se parece muy poco a un juego hipotético en donde es imposible incrementar el propio poder de mercado y por lo mismo no hay razones para intentarlo. En vez de eso, en el mundo real es simplemente tan racional buscar caminos para incrementar el propio poder frente a otros compradores o vendedores como lo es buscar formas de incrementar el tamaño o la calidad del pastel económico o reducir el tiempo o las incomodidades necesarias para hornearlo. En el mundo real hay consumidores con poca información, tiempo, o medios para defender sus intereses. Hay pequeñas empresas innovadoras para que gigantes como IBM o Microsoft las compren en lugar de acometer ellas mismas el duro trabajo de innovar. Hay recursos de propiedad común cuya producción puede ser apropiada con costos pequeños o hasta inexistentes para el beneficiario mientras son sobreexplotados a expensas de generaciones futuras. Y hay gobiernos llevados por políticos cuyas carreras dependen principalmente de sus habilidades para acumular dinero para sus campañas, y ruegan por ser empleados en programas corporativos de beneficiencia financiados a expensas de los contribuyentes.

En resumen, en un mundo realista de poder económico desigual la estrategia más efectiva de maximización de los lucros es comunmente maniobrar a expensas de aquellos con menos poder económico de modo que se rebane el pastel nuevamente (incluso empequeñeciéndolo) en lugar de trabajar para expandirlo. Y por supuesto, lo mismo está vigente internacionalmente, como el economista Robert Lecachman señala con elocuente moderación:

Los niños y los economistas podrán pensar que los hombres al mando de nuestras grandes corporaciones usan su tiempo pensando en nuevas formas de complacer a los clientes o de mejorar la eficiencia de sus fábricas y oficinas. En lo que de hecho se concentran es en reclutar a sus gobiernos para proteger sus intereses foráneos y domésticos.
En cualquier caso, los defensores izquierdistas de los mercados aceptan que las externalidades llevan a una distribucion ineficiente y que las estructuras de mercado no competitivas y las fuerzas desequlibradoras añaden fuentes adicionales de ineficiencia. Y también aceptan que la eficiencia requiere políticas diseñadas para internalizar los efectos externos, refrenar las prácticas monopolísticas, y mejorar los desequilibrios del mercado. Pero hay también muchas fallas significativas de los mercados que sus admiradores no admiten, y la suma de su importancia total es innegable.

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